sábado, 15 de junio de 2013

Una anomalía de la Casa Real española

Las pintorescas actividades del Infante Don Carlos 

 El pasado viernes 10 de mayo, S.A.R. el Infante Don Carlos de Borbón, primo hermano de S.M. el Rey, ha concedido el título de Duque de Cápua a su joven nieto don Jaime de Borbón. 
La noticia ha causado la natural sorpresa, considerando que en el Reino de España, y según el artículo 62-f de la Constitución Española, el otorgamiento de títulos nobiliarios es una prerrogativa expresamente reservada a S.M. el Rey. Por otra parte, el “agraciado” don Jaime, dada su corta edad, no se ha podido distinguir ni por sus méritos ni por sus servicios, y ni siquiera tiene en España tratamiento alguno -su padre don Pedro, como hijo de Infante, sí que es al menos Excelentísimo Señor-. Naturalmente, ese título ducal tan flamante no se puede utilizar en España, donde no es legal el uso indebido de Títulos nobiliarios que no hayan sido otorgados por el Rey. Pero esta anomalía de la Familia Real Española, de la que el infante Don Carlos es protagonista sin duda, tiene una curiosa historia. 

 Un buen dia del invierno de 1960, el Infante Don Alfonso de Borbón, sobrino carnal de Alfonso XIII, decidió por su cuenta y riesgo que él era el Jefe de la Casa de Borbón de las Dos Sicilias -una dinastía que perdió el trono en 1861, a consecuencia de una invasión piamontesa, en el proceso de la unidad italiana-. Y, en consecuencia, estableció toda una “Casa Real”, creó una “Orden Constantinaiana de San Jorge” y otras condecoraciones dinásticas, se tituló “Conde de Caserta”, y se rodeó de un variopinto grupo de partidarios españoles y extranjeros, casi ninguno italiano, todos bien dispuestos a entrometerse en los asuntos de la Familia Real de Borbón de las Dos Sicilias, a cambio de recibir títulos y cruces. 

 El Infante español, no muy advertido a decir verdad, tenía estas pretensiones porque algún pariente le convenció de que la renuncia que su padre hizo en 1900 para integrarse en la Familia Real española, no era válida. Y, sin comprender que con su acción comprometía mucho el buen nombre de su difunto padre -que en toda su vida se mantuvo fiel a aquella renuncia, manteniéndose como príncipe español, con la expresa aprobación de Alfonso XIII-, levantó bandera de rebelión y se autoproclamó galanamente “Jefe” de la Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias. Ni su propia hermana Doña María de las Mercedes, madre del Rey Don Juan Carlos, le tomó en serio -como refleja en sus memorias Yo, María de Borbón, publicadas en 1995-. 

Naturalmente, su primo el Príncipe Don Raniero de Borbón, el verdadero e indiscutido Jefe de la Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias, se quedó asombrado, pero no dejó de protestar por tan insólita fechoría. A su protesta se sumaron absolutamente todos los príncipes y princesas de esta Casa Real, que suscribieron un duro documento. Y también, como era lógico esperar, la Santa Sede, la República Italiana, la Soberana Orden de Malta, y todas y cada una de las restantes Casas Reales europeas, empezando por la Casa Imperial de Austria, continuaron reconociendo la legitimidad de Don Raniero, como único Jefe de la Casa Real de Borbón de las Dos Sicilias, y como único Gran Maestre de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge. 

 En aquella España de Franco, el asunto no hubiera tenido mayor importancia que la de una ocurrencia pintoresca de un Infante de segunda fila, si no fuese porque todo se hizo bajo la influencia del Conde de Barcelona, Jefe de la Casa Real española, que deseaba quitar de en medio a dos príncipes españoles, que podrían ser competidores suyos y de su hijo en su carrera para alcanzar el anhelado trono de España. Y sin duda alguna logró estos propósitos políticos, ya que el Infante Don Alfonso y su hijo Don Carlos, en cuanto se autoproclamaron príncipes napolitanos y se cambiaron legalmente de apellido -dejando el de Borbón con el que habían nacido por el de “Borbón-Dos Sicilias”-, dejaron de ser príncipes españoles, y por ende perdieron todo llamamiento al trono español, según prevenía la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado promulgada en 1947. 

Con los años, la ocurrencia del Infante español se fue agravando hasta alcanzar rango de disputa dinástica, porque ante la sorpresa del príncipe Don Raniero y de su hijo y sucesor el príncipe Don Ferdinando, estos competidores españoles fueron acreciendo su posición organizando toda una red de intereses, basados en la distribución de supuestos honores y bonitas condecoraciones, que les atrajeron muchos partidarios, en su inmensa mayoría españoles, que pagaban con gusto a Don Carlos -el Infante Don Alfonso había muerto en 1964-, las correspondientes cuotas y aportaciones económicas. Una bonita fuente de ingresos para una familia que nunca los tuvo cuantiosos. 

Momento importante en sus pretensiones lo fue el de unas famosas ilegalidades cometidas por el Jefe de la Casa de S.M. el Rey en el año de 1984, cuando solicitó dictámenes al Consejo de Estado español, a los Ministerios de Justicia y de Asuntos Exteriores, y a las Reales Academias de la Historia, y de Jurisprudencia y Legislación, ¡acerca de la sucesión de la Corona del extinguido Reino de las Dos Sicilias!. La verdad es que resulta muy sorprendente que las instituciones públicas españolas, estando el Reino incorporado a la Unión Europea desde 1986, se metieran a entender de un asunto propio del Estado italiano. El caso es que todas esas instituciones españolas se vieron muy comprometidas por estos manejos, completamente ajenos sus estatutos y ámbitos competenciales. Fueron unas ilegalidades famosas, porque el Consejo de Estado no tenía competencias legales para entrometerse en dictaminar sobre una institución absolutamente italiana, y menos aún a petición de la Casa de S.M. el Rey, ya que solamente está al servicio del Gobierno. Y lo mismo ocurre con las Reales Academias del Instituto de España. 

Estos dictámenes, realizados sobre unas instituciones italianas pero aplicándoles las normas legales españolas, constituyeron el punto de partida del fomento y difusión de la “Casa Real” hispano-napolitana, y de su “Orden Constantiniana de San Jorge”, que hasta entonces nada era (solo estaba domiciliada en una oficinita prestada por una asociación pseudonobiliaria española). Pero desde entonces creció mucho, y lo hizo aún más cuando hace quince años se puso al frente de esta última a Carlos Abella, un antiguo embajador ante la Santa Sede, que ha sabido utilizar muy bien su influencia ante la Santa Sede y la República Italiana para contrarrestar allí la de la verdadera Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias. 

 Pocos años más tarde, el Rey Don Juan Carlos comprendió sin duda que las pretensiones de su primo Don Carlos podrían serle perjudiciales, y entonces decidió crearle Infante de España “de gracia”, dándole el tratamiento oficial de Alteza Real, que por su nacimiento y hasta entonces jamás había disfrutado. El correspondiente real decreto se fecha el 16 de diciembre de 1994. Sabemos que Su Majestad hizo esto no solo por el afecto que tiene a su primo, sino además para inducirle a abandonar sus extrañas pretensiones italianas -por eso en ese real decreto no le reconoce ningún título-. Pero el nuevo y flamante Infante “de gracia” no solamente no comprendió en su justo significado la merced regia, sino que, crecido, la aplicó a reforzar sus pretensiones napolitanas. 

Unas actividades que le son muy rentables en términos económicos al Infante Don Carlos, quien por otra parte carece de medios personales de fortuna, y que se mantiene merced a haber sido colocado por su primo el Rey de España en varios consejos de administración de empresas españolas importantes (Grupo Dragados, Cepsa, Reyal Urbis, Tudor, etcétera). Actividades mercantiles que últimamente le han puesto en situación muy comprometida: recordemos que el pasado año de 2011, el Juzgado de lo Mercantil nº 12 de Madrid le declaró imputado en la causa de la quiebra fraudulenta de Viajes Marsans S.A. y acordó el embargo o secuestro de todos sus bienes, incluida su vivienda en el centro de Madrid y su finca La Toledana, en La Mancha. Así, otra vez uno de los miembros más cercanos de la camarilla del monarca se ha visto en apuros ante la Justicia -como mucho antes lo habían estado otros íntimos del Rey, como el príncipe georgiano Tchokotua, y los empresarios Javier de la Rosa, Manuel Prado Colón de Carvajal, y Alberto Alcocer-, y solo la intervención, una vez más, del Palacio de La Zarzuela, ha librado hasta ahora al Infante de sentarse en el banquillo de los acusados. 

Y así ocurre hoy en día que una turbamulta de partidarios del Infante Don Carlos, en su mayor parte españoles y algunos extranjeros -pero muy pocos italianos-, se dedican a atacar con inusitada saña a los numerosísimos italianos que sostienen los derechos de S.A.R. el Príncipe Carlo María di Borbone delle Due Sicilie, Duque de Castro y Jefe de la Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias. Que son mayoría en Nápoles y en Sicilia, y que a través de los movimientos neoborbónicos italianos tienen una notable relevancia en el actual contexto político de la República Italiana, cuya unidad nacional se ha visto discutida por algunos movimientos separatistas del norte de Italia. 

En realidad, no se alcanza a comprender que un Infante de España, miembro de la Familia Real española -como lo fueron su padre y su abuelo-, sea simultáneamente el supuesto Jefe de otra Casa Real europea, y que como tal distribuya y discierna largamente sus “condecoraciones” en el territorio español -contraviniendo el artículo 62.f de la Constitución Española de 1978, que reserva a Su Majestad el Rey la concesión de toda clase de honores y condecoraciones-. Esta es una muy notoria falta de respeto al Rey de España. 

 Esta anomalía dinástica debiera ser corregida con prontitud, porque no están los tiempos -ni la Casa de S.M. el Rey- como para soportar nuevos escándalos, que la sociedad española no parece ya dispuesta a tolerar. El Infante Don Carlos, si de verdad respeta y de verdad quiere ser leal a su primo el Rey Don Juan Carlos I, debe optar entre ser un Infante de España y un respetable miembro de la Familia Real española, o bien ser el supuesto “Duque de Calabria” y el “jefe” de una Casa Real extranjera, pero renunciando entonces a ser Infante de España. Porque el juego a dos barajas, en política, suele tener un mal final. 

 Rafael Alberto Ribera

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